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Los niños y el uso de los dispositivos electrónicos después de los 18 meses

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El psiquiatra francés Serge Tisseron publicó una guía para saber cómo dosificar, según las edades, la introducción de la tecnología en la vida de los niños. Lo primero que él advertía era el NO uso de los dispositivos electrónicos hasta los 3 años de edad. En el año 2011, la Academia Americana de Pediatría (AAP) bajó esa edad de inicio y fijó ese límite en los 2 años. Actualmente, y estimando que para fines de este año la mitad de la población mundial estará conectada a Internet, la AAP publicó un nuevo documento con consejos para el uso de tabletas, celulares y otras pantallas a las que pueden acceder los chicos.

En el escrito, los expertos recomiendan evitar la exposición a las pantallas hasta el año y medio de edad. Sin embargo, aceptan o más bien consideran que puede haber excepciones, como el contacto que puede generarse a través de videochats para comunicarse con familiares o amigos. De estrictos a realistas. Ésa podría ser una de las primeras lecturas del informe elaborado por la AAP pero, el debate sigue abierto y se instala en los hogares como una fuente de tensión en la crianza. La flexibilización en la edad de inicio que hace la AAP está relacionada con la necesidad de no demonizar al objeto, ya que un videochat con algún familiar que vive lejos puede ser algo muy positivo para el contacto de ese chico con el abuelo o la tía, por ejemplo. Lo que sucede es que, en términos médicos, los 2 primeros años de vida son un período sensible para el desarrollo del sistema nervioso y la construcción del psiquismo. A esa edad, el chico comienza a construir la percepción del mundo exterior, lo que requiere del vínculo directo con el adulto y su interacción. Nada se aprende de las pantallas. Ellas interfieren en el desarrollo motriz y el contacto con las tres dimensiones. Por eso, antes de los tres años, nada. Si los chicos están en etapa de jardín de infantes, se aconseja no equipar la habitación con tecnología, y a medida que van creciendo todo debe ser consensuado. Acompañarlos no es sólo restringir o poner filtros. Hay que dialogar, y así como es tan frecuente que un padre le pregunte a su hijo: “¿Cómo te fue en el colegio?”, también se debe preguntar: “¿Qué estuviste haciendo hoy en Internet?”.

Muchas veces, la tecnología suele instalarse como una fuente de tensión en la crianza entre las generaciones. A los adultos, las nuevas formas de comunicarse, de entretenerse y de socializar mediante la tecnología les generan tanto entusiasmo como recelo, y ésa es la razón por la que las idealizan y condenan en igual medida. Hay registro de haber vivido sin ellas, y aprender a usarlas fue una conquista a la que no se quiere renunciar. Es así como, los adultos hoy resultamos algo contradictorios. Somos nosotros mismos los que les compramos los dispositivos a nuestros hijos y les habilitamos su uso desde la primera infancia. Les damos el ejemplo de vivir conectados con nuestro celular, tanto cuando estamos trabajando como cuando estamos descansando, pero luego nos asustamos de verlos tan enganchados con esas imágenes y de repente se las prohibimos. La clave está en la atención compartida, en la relación que se establece entre el adulto y el chico con ese objeto, ya sea una tablet, ipad, celular o un juguete. Si el contenido es de calidad y se trata de un momento compartido, no hay ningún riesgo. Si en cambio, el dispositivo se usa para resolver un conflicto, un berrinche o se transforma en una herramienta para salir de los problemas cotidianos, su uso es totalmente perjudicial.

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La guía de la AAP

  • Antes de los 18 meses: Nada de pantallas. La excepción está en la comunicación a través de videochats con familiares o amigos, que pueden llegar a favorecer el contacto a distancia
  • 18 y 24 meses: Se recomienda que consuman contenido de alta calidad en Internet y, siempre, en compañía de un adulto
  • 2 y 5 años: No deben consumir contenidos más de una hora diaria. Y siempre es aconsejable acompañar a los hijos para ayudarlos a entender lo que miran
  • A partir de los 6 años: Equilibrio y sentido común. Que haya límites entre el tiempo de consumo y el tipo de contenidos, sin que afecten el sueño, la actividad física y las relaciones interpersonales.