28 octubre, 2020

Las frustraciones o decepciones no deben pagarla los hijos

«Jamás cargues a tus hijos con el peso de tus sueños frustrados». -Rafael Vidac-

Convertirse en padres y madres implica un cambio totalmente radical en la vida de las personas. No existe fórmula ni receta, ni secreto alguno sobre cómo ser un buen papá o mamá. Educar a los hijos supone un proceso muy complejo en el que, si bien muchas veces acertamos, también otras veces cometemos errores. Y uno de esos errores es cuando los hijos pagan las frustraciones de los padres.

En ocasiones, los papás sienten que no han podido conseguir muchas cosas con las que soñaban siendo jóvenes. Lo que tiene relación con circunstancias económicas, personales, familiares o una interrelación de estas que, a veces, lo impiden. Esto provoca que los padres se sientan tristes, decepcionados o desilusionados y que, sin quererlo, lo paguen con sus hijos.

La frustración se trata de un sentimiento que tiene un individuo cuando no puede satisfacer un deseo o una necesidad. Es un sentimiento de ira, bronca, desilusión o decepción frente a la imposibilidad de no poder conseguir una meta o un objetivo planteado. A lo largo de la vida, las personas, por distintas circunstancias, no siempre pueden cumplir sus deseos u objetivos. La imposibilidad de poder cumplir con nuestros proyectos, sueños y  anhelos, personales, familiares, laborales o profesionales es lo que provoca frustración y, con ello, un estado de ánimo cargado de sentimientos negativos.

Entonces, está claro que nadie en este mundo puede conseguir todo lo que se propone y todos pasamos en alguna u otra etapa existencial por una o por varias frustraciones. Es más, muchos adultos llevamos a cuestas durante toda nuestra vida alguna frustración de algo que no pudimos ser o hacer cuando éramos jóvenes. El problema está en no poder gestionar de forma positiva todos estos sentimientos negativos.

Existen muchas situaciones en la vida de un adulto que pueden suponer frustraciones:

  • No tener tiempo para hacer lo que nos gusta (deporte, bricolaje, estar con amigos o viajar).
  • Vivir en una ciudad, pueblo o sitio que no queremos.
  • Trabajar en algo que no nos agrada.
  • Haber estudiado una carrera profesional o tener un oficio muy distinto al que en verdad nos hubiese gustado.
  • Sentir que no se tiene suficiente dinero o que se tienen muchos gastos.
  • Tener problemas en la relación de pareja o también con el ex marido/mujer.

En ningún caso son los hijos quienes deben pagar por las frustraciones que provocan todas estas situaciones. Ellos no tienen la culpa de nada, ni de estar, ni de demandar tiempo y atención, y mucho menos de necesitar amor y cariño.

No son pocos los padres y madres que piensan y creen que intentando por todos los medios que los hijos puedan hacer o ser lo que ellos no pudieron significa una gran muestra de amor. Sin embargo, conseguir que un hijo sea médico o futbolista, o que se dedique a la pintura o a la actuación, sin saber verdaderamente qué es lo que realmente quiere, es proyectar en él un deseo no cumplido y, por ende, una frustración. Es así como una muestra, en principio, de entrega y de amor puede convertirse en un motivo de presión para los hijos, cuando, ciertamente, nuestros hijos deben ser libres de elegir lo que quieren ser o hacer en su vida futura, aunque en ocasiones diste mucho de lo que hubiesen querido o deseado ser sus padres.

Los padres deben aprender a gestionar y superar sus frustraciones, y esto significa, en primer lugar, hacerlas conscientes y asumirlas. Una forma de hacerlo es hablarlo, ya sea con la familia, con la pareja o con un profesional. Además, es importante comprender que cada persona es única y que no todos tenemos los mismos gustos. Con lo cual, no podemos hacer a nuestros hijos infelices y obligarlos a que consigan lo que los adultos no hemos podido conseguir.

Por otra parte, es incuestionable que los hijos demandan tiempo, y es complicado que un padre o madre disponga de tiempo propio para practicar algún deporte, para estudiar o para alguna afición o hobbie. Ahora bien, los hijos tampoco son los culpables de que sus padres no puedan hacer lo que les gusta; es solo una cuestión de lograr una buena organización del tiempo y la vida familiar.

A su vez, lo mismo sucede con el dinero y los gastos, que suponen siempre un motivo o factor de preocupación. O, la decisión del sitio en el que vivir en función del colegio de los hijos o por el trabajo. Para lo cual, es fundamental el diálogo familiar para conocer las inquietudes y las necesidades de cada miembro y entre todos encontrar acuerdos y soluciones.