3 junio, 2020

¿Por qué es bueno poner límites a los niños?

Los padres y las madres no nacen, se hacen, se construyen. Aprender a educar y poner límites, es también parte de un complejo y continuo proceso de aprendizaje de los padres.

Cuando los niños son pequeños es frecuente que los papás y las mamás cedan a caprichos y berrinches que creen sin importancia. Después de un tiempo, lo que antes eran caprichos se convierten en exigencias y así el niño aprende que la estrategia de molestar mucho es efectiva para conseguir lo que quiere. Por esta razón, aplicar límites a nuestros hijos es un «bien» necesario y fundamental en la crianza de nuestros hijos.

Los niños construyen su subjetividad a partir de los primeros vínculos y es por ello que la adquisición de límites, debe remitirse y pensarse como un proceso de construcción vincular. Los límites nos marcan a todos, por el sólo hecho de estar inmersos en la cultura y se nos transmiten de manera implícita y explícita. Son una referencia, un marco de contención, una guía, que le indican al niño/a qué se puede o se debe hacer y qué no, son reglas que ordenan sus comportamientos y le permiten una mejor percepción de la realidad, al reconocer lo incorrecto de lo correcto. Los límites además le brindan al niño/a la oportunidad de pensar, de tomar la iniciativa y buscar soluciones. Asimismo, favorecen el desarrollo de la identidad y fomentan la autonomía.

Cuando un niño aprende a hablar, también está aprendiendo a respetar límites, ya que la adquisición del lenguaje implica la aceptación de códigos y reglas. Establecer límites no significa emplear castigos, ser severos o autoritarios, por el contrario, implica entender cómo se desarrolla el vínculo temprano y qué necesita un niño pequeño para crecer saludablemente. Es, en primer lugar, una responsabilidad de todo padre y de toda madre, implica tomar una posición frente a la actitud del niño, renunciar a esa persona ideal y a los propios deseos de ser siempre buenos, es superar el temor a perder el cariño del hijo/a y tolerar que el niño manifieste su desagrado.

Los límites si son adecuados, tienen que ver con la autoridad (no con el autoritarismo), si se actúa con serenidad pero con firmeza para que el NO sea no y el SÍ sea sí, sin que medie el “quizás”, se le estará brindando al niño/a la protección adecuada. Si los hijos se consideran más fuertes que los padres será imposible que se sientan protegidos por ellos. Será necesario por otra parte, establecer una cantidad adecuada de límites, dado que la experiencia demuestra que quienes tienen mayores dificultades para enseñarles a sus hijos, son aquellos que limitan demasiadas conductas intentando formar un niño perfecto.

Se aprende a ser padre permitiéndose descubrir al hijo como a una persona única y diferente y no como una simple prolongación de uno mismo. La manera en que este papá y esta mamá lo esperan, lo reciben, lo miran, lo conocen, le dan un nombre y una identidad, constituye una pequeña-gran acción que, sumada al valor que le otorgan a los logros y a las críticas y/o reconocimientos que le conceden, arman los primeros modelos o matrices de enseñanza-aprendizaje para todos los futuros aprendizajes de la vida.

Los adultos que conviven con el niño tienen que dialogar, y acordar respecto de los límites del hogar para luego ser consecuentes con lo que se les permite y se le prohíbe, y también respecto a cómo se aplicarán tales límites. Hay que ser claro y cuidadoso con las sanciones, porque si éstas no se llevan a cabo adecuadamente o no se corresponden con su edad, el niño no aprenderá lo que es bueno y malo tampoco sabrá distinguir entre lo correcto y seguro, y lo incorrecto y peligroso. Por supuesto, siempre se trata de darle al niño la idea de que no es perfecto, pero que tampoco tiene que serlo para ser amado y aceptado por sus padres.

Es necesario crear un ambiente favorable que no inhiba la necesidad del niño de estar activo. Si estas condiciones de seguridad no se han previsto, se estará limitando aquello que es parte del desarrollo normal. Con esto se hace referencia a un espacio donde pueda jugar, tocar y desplazarse sin peligros.

Ante un «berrinche» o capricho, debemos establecer los límites de su actitud con voz tranquila, pero firme. Permitirle al niño que llore indicándole que lo haga en su habitación y que cuando esté listo, regrese a donde están todos. Si el niño/a se encuentra en el aula o junto a un grupo, se aconseja apartarlo hasta que se calme, y explicarle con un mensaje claro y conciso que esa es la consecuencia lógica a su acción. Si en el ataque de bronca, tiró la ropa, juguetes u otros objetos, desarrollar una conducta reparadora invitándolo a participar en la reposición del daño causado. Utilizar siempre el lenguaje gestual como ayuda, la distancia o cercanía, el tono de voz firme o más suave, la postura, etc, que también expresan comprensión, tranquilidad, cariño.

En lo que respecta a las sanciones, antes de establecer una penitencia, será fundamental evaluar si el niño está en condiciones reales de llevarla a cabo o de respetarla para no tener expectativas equivocadas y exigirle lo que no puede; pero al mismo tiempo habrá que evaluar si los adultos del hogar se encuentran en condiciones de sostener la decisión y llevarla a la práctica. Es importante que de acuerdo a la edad del niño los padres puedan tomarse el tiempo para explicarle en forma breve pero clara el porqué de la sanción. De ese modo podrá ir comprendiendo el motivo e incorporando las reglas. Los argumentos deben ser simples y breves, un sermón extenso sólo aburrirá al niño.

Los primeros límites

A partir del nacimiento, el bebé se separa físicamente de la madre, lo cual constituye un hecho biológico, concreto y observable, pero que no coincide con la separación en el terreno psicológico y emocional, que se desarrollará paulatinamente. De hecho, el bebé no se reconoce como un ser separado de su madre. Estos primeros límites que se establecen entre la madre y el bebé, serán el comienzo de un largo proceso de individuación y crecimiento, al tiempo que irán delimitando un contorno que le permitirá al niño una mayor organización, le darán seguridad, y le permitirán adaptarse mejor a las normas y límites sociales en su vida social y adulta.

Es importante que el niño transite experiencias de placer y displacer para que se vuelva activo con el mundo, dado que aceptar un límite es tener capacidad para tolerar la frustración (displacer), lo cual significa, postergar el deseo o bien desplazarlo, para buscar una satisfacción socialmente permitida en otra cosa o en otro momento. Los deseos siempre satisfechos implican la muerte del deseo que es el motor de la vida. Por ello cuando un deseo no logra satisfacerse, el niño puede continuar deseando. La tolerancia, la espera y la frustración, construidas en el espacio con la madre facilita: la capacidad de estar a solas, la creatividad, la percepción de la realidad y la exploración del mundo.

El grado de autocontrol y de tolerancia a la frustración está muy relacionado con la capacidad de la familia para hacer respetar su autoridad. Si después de un NO los padres ceden, o lo que es peor aún, se contradicen frente al niño, permitiendo lo que antes habían prohibido, serán ellos mismos quienes se desautoricen. Y una vez más, será el ejemplo que le darán a sus hijos, y el modelo en base al cual ellos se irán formando.

Un adulto que no logra poner un límite con firmeza, se enfrentará con un niño insatisfecho, cuyas demandas irán en aumento. Cuando la frustración es continua y no logra encontrar fuentes alternativas de placer, hace brotar la agresión; en cambio el niño que tiene varias fuentes de placer puede encontrar substitutos ante la frustración.

Características de los límites
  • Tener Coherencia: que aporten seguridad y confianza al niño porque así conoce exactamente cuáles son sus límites; en donde podrá jugar, explorar y aprender.
  • Ser Positivos: en lugar de decirle lo que NO debe hacer, lo mejor es siempre insistir en lo que SÍ se puede. De ese modo además, le brindamos seguridad.
  • Ser Participativos: si el niño participa del establecimiento de las reglas podrá sentirse más responsable de ellas y tendrá mayores intenciones de cumplirlas.
  • Ser Concretos: las indicaciones deben ser claras y explícitas para que el niño pueda comprenderlas. Así podemos pedirle “que guarde sus juguetes”, “que se lave las manos”, pero no “que se porte bien”.

Por otra parte, respetando lo anteriomente mencionado, podemos dar opciones del tipo «¿Preferís la remera blanca o la azul? Sin embargo, es fundamental tener presente que los niños hacen y dicen lo que ven y escuchan, por lo que, cuando pegan, agreden o desobedecen es importante preguntarse, primero, si no es así como reaccionan los padres mismos con él.

Los límites deben ser respetuosos

Lo que se debe limitar en todos los casos es la conducta, no los sentimientos que la acompañan. Los límites deben fijarse siempre de manera tal que no afecten el respeto y la autoestima del niño. Se trata de poner límites sin que el niño se sienta humillado, ridiculizado o ignorado. No se trata de descalificar al niño sino, de desaprobar su conducta haciéndole saber que el amor hacia él sigue siendo el mismo. Los niños necesitan sentirse aceptados incondicionalmente, eso ayudará a desarrollar seguridad y confianza en sí mismo y en los demás.

Cabe recordar que los chicos no internalizan la norma en forma inmediata, lo hacen a través de un proceso de reinterpretación y reconstrucción y logran internalizarla recién cuando desarrollan capacidades como: el lenguaje, el razonamiento, la capacidad de descentrarse, la comprensión de las relaciones causa efecto, etc. Estas adquisiciones no obstante, son inestables y muchas veces ceden frente a estados de tensión, cansancio, enojo.

Consejos útiles para evitar que nuestro hijo se porte «mal»
  • Evitar conductas autoritarias. Los padres que tienen este tipo de conductas creen que la norma TIENE que cumplirse, lo cual es poco realista dado que puede suceder lo contrario y en esos casos el incumplimiento es percibido como una amenaza a la autoridad. Consecuencias: Los niños educados bajo este patrón tienden a ser poco autónomos y dependientes, tienden a pensar que cuando incumplen la norma pierden el valor como personas.
  • Evitar conductas pasivas. Quien “deja pasar”, no educa. Son aquellos padres que no hacen nada cuando la norma se cumple o se incumple por creer que si se es fuerte con el niño, puede afectarlo psicológica o emocionalmente. Parten de la idea fundamental de que el niño sabe cómo comportarse porque ya se le ha dicho, y entonces, él decide cómo hacerlo. Consecuencias: los niños pueden sentir que no son suficientemente queridos, lo que puede manifestarse luego en indiferencia emocional.
  • Evitar las súplicas y las quejas. Los padres con este tipo de conductas sienten impotencia ante el mal comportamiento de sus hijos, se ven INCAPACES de educarlos. La idea fundamental es que la norma tiene que cumplirse para complacer a los padres y no hacerlo es mortificarlos. Consecuencias: los niños aprenden a molestar a los demás generando relaciones conflictivas, y presentando como consecuencia problemas emocionales y de personalidad.
  • Evitar la sobreprotección: no se trata de exceso de afecto, sino de confundir el afecto con hacer las cosas por los hijos impidiéndoles de esta manera, enfrentar los problemas o las responsabilidades. También aparece tal actitud cuando se manifiesta afecto en forma incongruente con la situación (ej. Cuando el niño se comporta groseramente o no ha cumplido con sus responsabilidades). Consecuencia: los niños/as se vuelven temerosos de que algo malo suceda y pueden entender el mensaje como que, ellos no son capaces y que necesitan depender de alguien para hacer las cosas bien.
  • Identificar el rechazo y evitarlo: a veces los padres rechazan a sus hijos de manera “no intencional” dado que muchas veces los niños “difíciles” generan en sus papás sentimientos de frustración, de impotencia, lo cual a su vez refuerza el comportamiento del niño y afirma su idea de ser rechazado o diferente. Consecuencias: generan en el niño sentimientos de rabia y resentimiento tanto con los otros como con él mismo.

Los padres tienen un papel activo en la educación y formación de sus hijos: esto implica sobre todo que los eduquen más con el testimonio que con la palabra, siendo modelos coherentes.

Frente a la norma y los hijos, la actitud de los padres debe ser de “realismo”, partir de la realidad y no de lo que debería o tendría que pasar. La adhesión a la norma por parte del niño es libre y hay dos opciones: que se cumpla o no, en cuyo caso deberán evaluarse las consecuencias. Todo esto exige de los padres una vez más, tener expectativas realistas frente a sus hijos para poder esperar lo que ellos, de acuerdo a su edad, están en condiciones de dar.

No existen los superpadres, todos tienen conflictos, dudas, temores, necesidades… La solución no está en evitarlos sino, en aprender a enfrentarlos. Ser buenos padres implica asumir la responsabilidad de establecer pautas de crianza y límites adecuados, reconocer los logros de sus hijos, valorar los esfuerzos y también los errores como experiencias positivas que favorecen el aprendizaje. Con esto, los niños/as aprenderán poco a poco a socializarse, a crecer como personas autónomas, libres, con normas y reglas incorporadas para poder compartir y convivir en la sociedad que les toca vivir, con un verdadero aprendizaje que los ayudará a ser felices, al tiempo que serán prevenidos los problemas de conducta y se verá considerablemente favorecido el aprendizaje.