5 abril, 2020

No debemos hablar mal del padre o madre a nuestros hijos

Cuando sentimos que el que fuera nuestra pareja nos hirió y traicionó, es normal que aparezcan unas irrefrenables ganas de expresar nuestra rabia. Sin embargo, nuestro rencor nunca ha de ir dirigido a los niños. Nuestro objetivo prioritario siempre tiene que concentrarse en el hecho de protegerlos y asegurarles un entorno lo más sano posible. 

El divorcio no es la única situación en la que un progenitor puede hablar mal del otro. También, es posible que esto ocurra cuando uno de los padres nunca ha estado en la vida del niño o, incluso, cuando la pareja continúa unida. En cualquiera de los casos, hablar mal a tus hijos de su padre (o viceversa) puede causarles un daño irreparable, por lo que siempre debe ser evitado.

Para empezar, para un niño, su familia primaria es su centro, su mundo gira en torno a ella. Mamá y papá son sus máximos referentes, su red de seguridad. A través del amor y la confianza que ellos le proporcionan, se forja su personalidad y comienza a abrirse al mundo. El niño necesita amar sin culpa y ser amado sin condiciones por sus padres para lograr un adecuado desarrollo emocional. La familia es su lugar seguro y feliz, aquel que le proporciona la confianza para animarse a explorar otros territorios. Un lugar estable y confortable al que poder volver a recargarse, unas raíces firmes que permitan crecer sin miedo. Es tal la importancia del núcleo familiar que tenemos la responsabilidad de hacer todo lo que se encuentre a nuestro alcance para que este sea armonioso y nutritivo.

Sin embargo, las circunstancias no siempre son perfectas. Quizás el otro padre de nuestro hijo nunca haya querido estar presente en su vida, tal vez hayamos tomado la decisión de divorciarnos. O,  incluse puede pasar que, aunque los padres sigan juntos y conviviendo, surjan igualmente conflictos y discusiones que generan rencor y bronca en la pareja. Todas estas circunstancias forman parte de la vida y, como adultos, habremos de afrontarlas de la mejor forma posible.

Pero, algo debe quedar en claro: esto no debe afectar nunca al bienestar de nuestros hijos, al menos, no en la medida en que podamos evitarlo. Es evidente que tendrán un impacto en la vida del niño, pero este será muy diferente en función de cómo actúen los adultos de su vida. Tal vez el padre (o la madre) de tu hijo no se haya comportado bien, tal vez nos ha herido, traicionado o engañado. Puede, incluso, haya cometido grandes errores o negligencias como progenitor. Es completamente normal y válido que esto te genere emociones negativas, que aparezcan sentimientos como la bronca, el odio, la impotencia y el rencor. Será necesario que realicemos nuestro propio proceso emocional para integrar esas vivencias y alcanzar el perdón. Pero, sin duda, la mayor prioridad consiste en proteger a nuestro hijo/. Y esto incluye proteger la visión que tiene de su padre y el vínculo que ha establecido con él. El niño necesita amar a su padre y a su madre y sentirse amado por ambos.

Al hablar mal a los chicos sobre su papá (o viceversa), les estamos robando una parte fundamental de su desarrollo. Cuando se les dice que su papá o mamá «desapareció» de sus vidad porque no les importa, que no quiere pasar tiempo con ellos, que no se preocupa por ellos, los niños no entienden que su padre es un individuo negligente, entienden que ellos son los culpables. Comenzarán a sentir que no son suficientes, que no son válidos, que no merecen amor.

Cuando les decimos la tremenda frase «sos igual a tu papá/mamá» o » tu papá/mamá es un egoísta, es irresponsable, es malo…», los estamos colocando en una durísima posición. Se verán obligados a tomar partido, sentirán culpa por amar a su padre y acusarán enormemente la brecha que abrimos en su pequeño mundo: ya no hay estabilidad ni armonía, sino odio y confusión. Tal vez, uno desde la pposición de adulto, considere que el niño o niña necesita saber cómo es su padre, que no vas a mentirles, que tienen derecho a conocer la verdad. Pero, en realidad, a lo que tienen derecho es a ser niños, a sentirse amados y seguros, a no tener que enfrentar situaciones adultas. Cuando crezcan, conocerán, comprenderán y reorganizarán lo vivido desde otra perspectiva.