Home » Educación » Slow parenting, el tipo de crianza a fuego lento

Poder criar a nuestros hijos de manera tranquila, sin estar permanentemente a las corridas, es todo un desafío en los tiempos actuales. Es la mejor manera de acompañar a nuestros hijos en su crecimiento, ocupándonos lo más posible de ellos, estar con ellos, compartir juegos y salidas, evitar andar «saltando» de un lado a otro y haciendo malabares, no saltearse etapas (y luego decirnos : «qué pasó qué creciste TAN rápido?»… pasó el tiempo, pasaron los años, pasó la vida). El SLOW PARENTING trabaja sobre estos objetivos, a veces difíciles de cumplir, pero totalmente gratificantes cuando los logramos. Implica poder disfrutar del tiempo libre (o hacérselo), que no esté planificado ni que sea estructurado (incluso con momentos de aburrimiento).

El slow parenting es un tipo de crianza que busca nadar contra la corriente rápida y competitiva de la vida actual, esa que nos presiona, nos desgasta y nos absorve en una permanente carrera hascia esa perfección, que en definitiva, no existe. Esta clase de paternidad hace que intentemos adoptar una actitud más pausada frente a la vida, no ejercer tanta sobreprotección pero tampoco dejarlos al libre albeldrío. Consiste, simplemente, en algo que a veces cuesta tanto : pasar con nuestros hijos momentos de calidad, que los nutran tanto a ellos como a nosotros, que se hagan imborrables para la memoria.

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Adquirir este clase de paternidad «diferente»no significa ser pasivo, ineficiente o vago, sino que se trata de realizar las hacer las cosas en el momento apropiado y de la mejor manera posible, dar prioridad a la calidad, saborear lo bueno. Encierra muchos aspectos que van desde el pedagógico o el social, al cultural e incluso el gastronómico. En la actualidad, la filosofía slow es ya una actitud frente a la vida que se extiende a nivel mundial: está bastante consolidada en los países nórdicos y en los países anglosajones,

Los niños cada vez sufren más estrés, incluso a los 5 y 6 años. Ya de por sí esto es preocupante pero, además, hay que tener en cuenta que ellos no lo pueden gestionar como los adultos y les afecta en lo emocional y también en su rendimiento escolar. Asique, lo primero que debemos tener claro es que los padres somos su ejemplo, y que la educación funciona principalmente por imitación; por lo que la vida «lenta» debe empezar en nosotros mismos. El mensaje verbal no vale. Hay que ser coherentes porque de qué sirve decirles que estén tranquilos y calmados, si nosotros vivimos a las apuradas y nerviosos. A veces, es complicado poner un freno, pero conviene respirar hondo, tener paciencia ya que, lo importante es tener conciencia de la vida ajetreada que se tiene e intentar vivir más despacio cada vez que podamos.

Una de las claves principales del slow parenting consiste en respetar los ritmos de crecimiento de nuestros hijos. Los niños dejan la mamadera, aprenden a caminar, aprenden a dormir y comer solos, dejan el pañal, empiezan a hablar, a entretenerse solos… todo, cuando están preparados y no cuando a nosotros nos queda cómodos que lo hagan. Los primeros años son primordiales para armardo de la personalidad. Sin quererlo, les estamos planificando y estructurando el desarrollo y los procesos de maduración desde su nacimiento.

Los chicos se toman su tiempo en hacer las cosas, raramente son precipitados; el concepto de tranquilidad lo tienen de manera natural. Ellos no están pendientes del reloj constantemente, su concepto del tiempo es relativo y realizan sus actividades según su propio ritmo. Entonces, simplemente hay que buscar de no presionarlos, forzarlos o acelerarlos. También, es importante aprender a gestionar bien el tiempo que se le dedica al niño, tanto en cantidad como en calidad. La sociedad actual está pensada para rendir mucho, para producir muchas cosas, y cuanto más deprisa, mejor. Y a causa de ello cada vez nos queda menos tiempo para la vida familiar y, el que le dedicamos, lo hacemos cansados. Pero nuestros hijos nos necesitan, y cuanto más chiquitos sean, más aún. Somos su fuente de cariño y seguridad. La clave está en buscar más ratos en los que la vida no nos exija apresurarnos : al terminar el día, el fin de semana, algún feriado, las vacaciones. En esos momentos hay que estar con nuestros hijos al 100 x 100. No sólo físicamente a su lado viendo una película, por ejemplo; sino implicados de verdad. La filosofía slow destaca por encima de todo esa calidad: olvidarnos de las prisas y las preocupaciones y entregarnos a nuestros pequeños, mostrándoles nuestro afecto. Esos momentos ya no volverán y hay que sacarles todo su jugo.

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La comunicación y el diálogo son otros pilares fundamentales. Hay que sentarse con ellos y dedicar un buen tiempo a la charla. Hay que crear el clima para que los chicos hagan preguntas y dar tiempo para que nada quede en el aire, sin haber sido analizado. Cualquier tema que se cuente con tranquilidad, calma y entusiasmo termina captando el interés del niño.

A su vez, también es bueno que los chicos dispongan de un ocio suficiente y de calidad, con actividades que respondan a sus inquietudes e ilusiones, e incluso con momentos de aburrimiento. Su tiempo libre no debe estar tan estructurado por nosotros, ni lleno de demasiadas actividades y que les exijan estudiar más y conseguir cada vez más objetivos; esto es una fuente de sobrestimulación y de estrés para ellos. Hay que buscar un equilibrio. Hay que potenciar más su imaginación, darles oportunidad de que inventen cosas y apostar por la creatividad: en vez de ver un video, que se inventen ellos una película y la graben, que escriban historias, que hagan las ilustraciones de un cuento que han leído. Eso es divertido y necesita de tiempo y sosiego. Actividades creativas y relajantes como el dibujo, las artes, o incluso la jardinería o modelar barro, son muy interesantes. Los niños siempre deben libros y  papel y lápices a mano. El juego debe estar presente siempre en su día a día, aunque se vayan haciendo mayores. Y, que sea un juego libre, sin mucha intervención adulta y con menos juguetes comerciales, en beneficio de más oportunidades para la imaginación.

Además, esta forma crianza (y de vida) apuesta por más contacto con la naturaleza y menos con la tecnología. La naturaleza es un lugar que les encanta a los niños. Es el escenario perfecto para la diversión y el juego libre, para curiosear, para respirar aire limpio, y también para sosegarse.

Todos estos beneficios son duraderos, permanecen a largo plazo, y consiguen que nuestros hijos tengan una personalidad fortalecida y se conviertan en unos adultos más felices.

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