Crianza con Apego

Posted by on jul.27, 2013, under Bebés, Maternidad

El llamado Apego es el vínculo afectivo necesario e indispensable que todo ser humano requiere desde recién nacido. Es el lazo afectivo fuerte, perdurable y recíproco que une al niño con las personas significativas en su vida. Por ejemplo, el afecto profundo de la mamá por su bebé y de este por ella. No hay apego sin correspondencia afectiva. El crecimiento sano del recién nacido se apoya en el establecimiento del vínculo de apego seguro, confiable y estable con los adultos más cercanos que lo cuidan.

El Apego forma parte de su desarrollo y si esta necesidad no es satisfecha, luego cuando crezca padecerá de aislamiento o carencia emocional. Es una relación especial que el chiquito establece con un número reducido de personas, algo así como un lazo afectivo que le impulsa a buscar la proximidad y el contacto con ellas a lo largo del tiempo. Es un mecanismo innato por el que el niño busca seguridad. Las conductas de apego se hacen más relevantes en aquellas situaciones que el niño percibe como más amenazantes (enfermedades, caídas, separaciones, peleas con otros niños, etc). El llorar es uno de los principales mecanismos por el que se produce la llamada o reclamo de la figura de apego. Más adelante, cuando el niño adquiere nuevas capacidades verbales y motoras, no necesita recurrir con tanta frecuencia al lloro.

Una adecuada relación con las figuras de apego conlleva sentimientos de seguridad asociados a su proximidad o contacto y su perdida, real o imaginaria genera angustia.Los vínculos de apego no sólo van establecerse con los padres o familiares directos sino que pueden producirse con otras personas próximas al niño (educadores, maestros, etc…).

Tradicionalmente, la figura con la que se establece el vinculo de apego más fuerte es la mamá, pero en la actualidad, también el papá ha ido ocupando muchas veces este lugar. Las razones que dieron lugar a estos cambios pueden ser : por tema de horarios laborales, cantidad de hijos, recursos económicos, etc. Sin embargo, hay que remarcar que, desde un punto de vista biológico y evolutivo, es la madre quien se encuentra más proclive a efectuar una relación especialmente fuerte con el hijo. Podemos afirmar rotundamente que dedicar tiempo al bebé, en una interacción de cuidado y atención, por parte de las figuras de apego, es la mejor inversión para garantizar la estabilidad emocional del niño en su desarrollo.

También es importante destacar que el apego no debe entenderse como una relación de extrema protección por parte de la madre hacia el bebé, sino como la construcción de una relación afectiva en la que la atención y los cuidados de la madre en las primeras etapas (el niño se siente atendido en sus necesidades), va a propiciar la paulatina adquisición, desde una plataforma emocional adecuada, de los diferentes aprendizajes y, por tanto, de los primeras conductas autónomas. Si bien el niño quizás tardará unos meses en desarrollar el apego hacia la figura principal, el vinculo emocional de la madre hacia el bebé se desarrolla rápidamente teniendo lugar en los momentos posteriores al parto.

El apego puede formarse con una o varias personas, pero siempre con un grupo reducido. La existencia de varias figuras de apego es, en general, la mejor profilaxis de un adecuado desarrollo afectivo dado que el ambiente de adaptación del niño es el clan familiar y no exclusivamente la relación dual madre-hijo.

El momento en que el niño experimenta un vínculo de apego más fuerte es alrededor de los 2 años de edad, produciéndose un alto nivel de protestas ante la separación de la figura de apego y la aparición de personas nuevas o extrañas.
Esta etapa suele coincidir con la incorporación de muchos niños en los jardines de infantes y algunos de ellos pueden vivir este cambio del entorno vital con cierta angustia. Los primeros días pueden significar dolor y una “tortura” por parte del chiquito y también de la madre. El jardín maternal o de infantes supone la primera salida del niño de su entorno más próximo. Supone también el momento de empezar a asimilar los diferentes aprendizajes y, lo que es más importante, el inicio de la relación con sus iguales (sus compañeros). El niño pasa de ser el protagonista a ser uno más dentro de un colectivo y esto puede crearle cierto desasosiego.

La incorporación de un niño con dos años o menos, no debería efectuarse de forma repentina y con tiempos prolongados, probablemente bajo las presiones laborales, necesidades horarias u de otro tipo por parte de los padres. Lo ideal es que los primeros contactos se produzcan en compañía de la madre u otras figuras de apego secundarios (abuelos, tíos…) por tiempos breves para posteriormente irlo dejando sólo en intervalos más espaciados. Hay que tener en cuenta que a edades de 1o 2 años, el niño no dispone de estructuras cognitivas suficientemente maduras como para interpretar que, la separación de su madre en un entorno nuevo, es un hecho temporal. La ida de la madre es vivida, en un primer momento, como una pérdida real e irreparable (no entiende que más tarde irá a buscarlo) y los mecanismos innatos de supervivencia se ponen en marcha : llanto, gritos, rabietas.

En la educación del chico, es fundamental proporcionarle una cierta seguridad afectiva (no de sobreprotección), para que pueda construir su personalidad sobre una plataforma más sólida. Si el niño percibe, desde edades muy tempranas, que sus padres están a su lado (no para concederle todos los caprichos, sino para ayudarle en el sentido más amplio) crecerá con mayor seguridad y autonomía. Sabemos que vínculos de apego no establecidos debidamente a su tiempo pueden repercutir en la posterior relación social y con los padres. La confianza, la seguridad en uno mismo, el respeto al otro, empiezan a construirse antes de lo que creemos.

No se logra solo atendiendo sus necesidades físicas. Es imprescindible atender también sus necesidades emocionales. No se puede construir la relación de los hijos sólo a base de proporcionarles necesidades materiales. El escucharles, el intentar conectar con lo que les preocupa en el día a día , el establecer espacios de tiempo y de calidad de juego con ellos, son vitales para construir una sólida relación padres-hijos.

Cuando hablamos de crianza con apego, nos referimos al refuerzo de la relación de apego entre la madre y el niño. Esto lo practicamos mediante la atención inmediata a las necesidades del bebé, el contacto físico intenso y constante durante el primer año de vida, la lactancia materna prolongada hasta un destete voluntario por parte del niño, y mediante otras cuestiones como el colecho, el babywearing, etc.

Existen 3 patrones de apego:

El apego seguro se da cuando la persona que cuida demuestra cariño, protección, disponibilidad y atención a las señales del bebé, lo que le permite desarrollar un concepto de sí mismo positivo y un sentimiento de confianza. En el dominio interpersonal, las personas seguras tienden a ser más cálidas, estables y con relaciones íntimas satisfactorias, y en el dominio intrapersonal, tienden a ser más positivas, integradas y con perspectivas coherentes de sí mismo.

El apego ansioso se da cuando el cuidador está física y emocionalmente disponible sólo en ciertas ocasiones, lo que hace al individuo más propenso a la ansiedad de separación y al temor de explorar el mundo. No tienen expectativas de confianza respecto al acceso y respuesta de sus cuidadores, debido a la inconsistencia en las habilidades emocionales. Es evidente un fuerte deseo de intimidad, pero a la vez una sensación de inseguridad respecto a los demás.

El apego evitativo se da cuando el cuidador deja de atender constantemente las señales de necesidad de protección del niño, lo que no le permite el desarrollo del sentimiento de confianza que necesita. Se sienten inseguros hacia los demás y esperan ser desplazados sobre la base de las experiencias pasadas de abandono.

No es tanto la cantidad de interacción con la madre lo que determina el apego, sino lo que importa es la calidad de ella. Cada etapa del desarrollo humano tiene funciones propias que provocan un equilibrio o desequilibrio en la persona según sea o no resuelta satisfactoriamente, y para que el niño enfrente de la manera más saludable y positiva cada una de dichas etapas, es fundamental el desarrollo de la seguridad realista acerca de las posibilidades de un enfrentamiento positivo con el ambiente.

Los cimientos de un adulto sano y equilibrado emocional y psicológicamente se crean en el primer año de vida a través de la relación con la madre. Si estos cimientos son sólidos, o sea, si el niño ha recibido todo el afecto físico y psicológico que necesita, lo más probable es que sus expectativas originarias queden cubiertas. Y entonces, y solo entonces puede enfrentarse al mundo porque tiene a sus espaldas la más profunda seguridad de ser amado y apoyado. Una seguridad que se queda como tatuada en el alma de la persona. Esto le convierte en un ser fuerte, independiente y creativo, capaz de superar cualquier bache, y preparado para encontrar la felicidad en su vida.

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